En la medida que los divorcios se van haciendo más frecuentes, las mujeres y los varones habitualmente volvemos a emparejarnos y de esas uniones nacen hijos que ya no son ilegítimos para nuestra moderna concepción, pero sin embargo no sabemos muy bien dónde ubicarlos dentro de nuestro esquema de familia. Es que las familias han cambiado en el concepto y en la realidad. Ahora los niños tienen hermanos por parte del padre, por parte de la madre, por parte de la segunda pareja del padre, sobrinos que son hijos de medios hermanos y hermanastros con quienes no tienen lazos sanguíneos pero sí convivencia fraterna. Madrastras que no se parecen en nada a las brujas de los cuentos y padrastros a quienes aman y a veces pierden después del último divorcio de la madre. El “quién es quién” en estos nuevos rompecabezas familiares ya no los podemos organizar según los lazos de parentesco físico sino según los vínculos afectivos que se establecen de muy variadas maneras. Esa es la gran diferencia ahora: ya no se estipula quién funciona como padre, hermano o tío según la herencia sanguínea, sino que aquel que esté dispuesto a cumplir esa función -bajo el acuerdo de todos los implicados- simplemente lo asume.
